La oposición
al aborto suele ser estigmatizada como retrógrada, intolerante, pegada a una
visión religiosa y de dominación machista. Fulanitos: Rechazo este prejuicio.
Estoy en
contra del aborto, y no por ser religiosa. Estoy en contra del aborto por
razones laicas, lógicas, humanas y sociales. Por eso me parece importante
explicar cuál es el razonamiento que me lleva a oponerme al aborto (independientemente
del nivel de legalidad que hoy haya alcanzado o llegue a alcanzar) del mismo
modo en que la sociedad en su conjunto se opone a otras prácticas.
La discrepancia
biológica.
Creo que la
diferencia entre estar a favor o en contra del aborto viene en realidad de una
mínima diferencia de criterio biológico: si el feto está o no vivo. De esta
pequeña discrepancia surgen ambas vertientes, entre los que intentan hacerle el
bien al bebé y los que intentan hacerle un bien a la madre: porque dejémoslo en
claro, Fulanitos: ninguna de las dos posiciones tiene por objetivo joderle la vida a nadie.
Sencillamente, si considerás que el feto no es un ser vivo, prima el derecho de
la madre, como ente particular, como persona, a vivir su vida como le parezca.
Si considerás que el feto está vivo, él mismo pasa a ser un ente particular,
una persona en sí misma, con su propio derecho a vivir su vida.
Así que vamos
a eso.
¿Está vivo el feto?
Biológicamente,
el embrión es una célula viva. Sobre esto no hay discusión. Pero también son
células vivas las de las uñas y pelos y uno las elimina. Es célula viva un
huevo, y un gajito de un yuyo que sacamos de la maceta. ¿Cuál es la diferencia,
entonces, entre un huevo, una célula vegetal, una de la uña o el pelo? ¿Por qué
proteger al embrión más que a las uñas, y darle más derechos que al huevo? Hay
sólo una razón, bastante fundamental para nuestra sociedad y un poco obvia: el
embrión humano es la única célula con la potencialidad de convertirse en un
humano adulto.
La diferencia
entre un feto y un bebé nacido es la misma que entre un chico de seis años y un
hombre de treinta: tiempo y alimentación. Salvo eventuales, el chico de seis
años, con alimentación y suficiente tiempo, se convertirá en un hombre de
treinta. Salvo eventuales, el feto, con alimentación y suficiente tiempo, se
convertirá en un bebé, un chico, un hombre o mujer, un viejo o una vieja.
Desde
las dos semanas y media de gestación (o sea, desde el mes uno), el feto tiene
un corazón que late. Irá desarrollando el resto; el corazón late casi desde el principio. Al término de las 12 semanas, el límite que usualmente
se propone para el aborto, tiene cerebro, brazos y piernas, codos y rodillas.
Tiene lóbulos en las orejas y dedos en las manos y en los pies, puede
cerrarlos, tiene reflejos. Tiene bastante desarrollado el cerebro y el sistema
nervioso, el sistema digestivo, tiene uñas, párpados y se mueve. Entre otras
cosas. Según algunos estudios, a las diez semanas siente dolor. Es decir que
siente los cortes, la corrosión de la solución salina que va quemándole la
piel. Hay experimentos que registran intentos del feto por evitar los elementos
cortantes, repliegues, aumento del ritmo cardíaco y convulsiones.
A los tres
meses, innegablemente, se parece más a un niño que a un huevo o a una célula de
la piel.
Por supuesto,
es parasitario. Pero dado que es ilegal el trabajo infantil, el ser humano es
parasitario por ley hasta su mayoría de edad. Como feto lo es biológicamente.
Pero considero que la entidad biológica y filosóficamente humana de un ser, por
lo menos desde que tiene su propio corazón, no puede ser negada. En mi opinión,
en tanto su potencialidad, no lo sería desde el instante mismo de la
concepción.
Entonces ¿debería el
aborto ser legal?
Derivado del
razonamiento anterior, no. Dado que ni la edad ni la locación son factores a la
hora de determinar un homicidio (no es menos grave matar a un chico de seis que
a un hombre de cincuenta, no es menos grave matarlo en la cocina que en el
patio), si consideramos al feto un ser
humano, no hay diferencia entre terminar su vida a las dos semanas de
gestación, en el útero, o a los cuatro años de edad, fuera de él. De hecho,
socialmente suele considerarse más terrible el asesinato de un niño que el de
un adulto, el de un bebé que el de un niño. Entonces, ¿por qué debería cambiar
la concepción moral por el lugar en el que se encuentra? ¿Quizás sólo porque no
podemos verlo?
A estas alturas, aparecerán
muchos “peros”:
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PERO ¿y
el derecho de la mujer a decidir? La mujer tiene derecho absoluto a
decidir sobre su cuerpo, pero el cuerpo del feto no es de ella. Insisto en que
si consideramos al feto como un ser en sí mismo, la conveniencia de su vida
para su madre es tan relevante a los tres meses de gestación como a los cuatro
años de nacido. Y una mujer que elimina a su bebé al día siguiente de nacer, va
presa. Además, el aborto (el legal, incluso) tiene muchas veces devastadoras consecuencias
psicológicas y físicas para la madre.
Pero, por
encima de todo esto, EL ABORTO SOSTIENE
LA DOMINACIÓN MACHISTA Y PATRIARCAL SOBRE LA MUJER. ¿Por qué? Porque pone
toda la responsabilidad y las consecuencias de un acto de dos sólo en una: la
mujer. Pone todas las consecuencias físicas (derrames, desajustes hormonales, aumento
de posibilidades de cáncer, muerte) en la mujer. Pone todas las consecuencias
psicológicas (culpa, arrepentimiento, depresión) en la mujer. Pone todas las
consecuencias sociales (rechazo, estigmatización, agresión) en la mujer. El
hombre sale indemne e impoluto del aborto, no sufre ningún tipo de
consecuencia, continúa con su vida sin asumir ningún tipo responsabilidad sobre
sus acciones: el sexo desprotegido, más placentero, y sin consecuencias. Total, que la mujer aborte. Creo que la generalización del aborto no va a hacer nada bueno para emanciparnos a las mujeres de la noción machista de que, si hay embarazo, es
problema nuestro. El bebé nacido supone ciertas obligaciones legales del padre.
El bebé no nacido, ninguna. Para el hombre, el aborto es una salida fácil.
Facilísima.
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PERO el
aborto es un hecho. ¿no vale más legalizarlo, para seguridad de la madre? Sin
duda es un hecho: las mujeres abortan, desde siempre. Que sea un hecho no
implica que sea legal: también son hechos desde siempre los robos, las violaciones,
los asesinatos y no por eso se legalizan: la función de la sociedad es,
justamente, regular desde una “objetividad” no involucrada emocionalmente con
el hecho, los impulsos que naturalmente tendrían los implicados. A cualquier
mujer que haya tenido un atraso en una época inconveniente de su vida se le ha
cruzado por la cabeza aunque más no sea por un segundo la idea del aborto. A
mí, por ejemplo. Ah, no se la veían venir. Sí, claro que a mí también. Pero
justamente la ley existe porque quien vive esos hechos en primera persona nunca
puede ser objetivo y racional al respecto. Por otra parte, en algunos de los países en los que el aborto está legalizado, los abortos alcanzan casi el 50% de los embarazos producidos. ¿Debería tratarse tan livianamente algo con tantas consecuencias?
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PERO ¿y
en el caso de violación? Este es sin duda el caso más duro y difícil.
La violación es, innegablemente, uno de los hechos más espantosos y traumáticos
por los que pueda pasar una mujer. En lo personal, preferiría ser descuartizada
viva antes que violada. Es perfectamente comprensible que una mujer que haya
sido violada quiera deshacerse de ese bebé. Pero también es perfectamente
comprensible (e infinitamente más lógico) que una mujer que ha sido violada
quiera matar al violador. Si la sociedad no permite que la mujer víctima o
el Estado maten al culpable, a quien cometió el crimen, ¿debería permitir que
la mujer víctima o el Estado maten al feto, que es inocente? El feto es una
segunda víctima de la violación, no un segundo culpable.
Reitero que no
pretendo minimizar con esto la terrible importancia de este embarazo, ni el
daño psicológico que puede causarle a la madre. Pero lamentablemente, en el
caso de violación el mal está hecho: el daño lo hizo el acto mismo de
violación, el hecho de que el embarazo se produjera. La eliminación del
embarazo no lo soluciona. Incluso puede sumar traumas.
Sí es cierto que la
prolongación del embarazo hasta los 7 meses (en que el feto puede sobrevivir
fuera de la madre) puede sumar meses de tortura psicológica. Totalmente innegable. Sin
embargo, en nuestra sociedad, la vida humana prima sobre cualquier daño psicológico. En nuestro sistema legal el daño psicológico no justifica la
muerte. Puede funcionar como atenuante, sin duda, pero no lo vuelve legal: años
de tortura física y psicológica no hacen legal, por ejemplo, que una mujer mate
a un esposo abusivo, que innegablemente lo merecería más que el feto que no ha
hecho nada. Nuevamente, la función de la sociedad es evitar que se produzcan
esos actos que el individuo llevaría a cabo por impulso o necesidad individual.
Por otra parte, según lo que yo
investigué (Google, Fulanitos, no la voy a caretear), más de el 50% de las
mujeres que deciden abortar no lo hacen por razones económicas, de abuso o
afectivas, sino porque su pareja las abandonó, por el qué dirán, o sencillamente
porque no están dispuestas a tener un bebé pero tampoco se cuidaron de quedar
embarazadas. Y en este particular, creo que se impone –sobre todo las mujeres y hombres que hemos tenido el privilegio de recibir una educación sexual - actuar y
responder con madurez. El embarazo es un riesgo de la relación sexual, todos (todas, todos) lo
sabemos, y viene incluido en el paquete, junto con la intimidad, la libertad y el placer. Tenemos el derecho a
desestimar el riesgo, pero si la consecuencia llega, lo lógico no es que otro
la pague.
Nuestros impuestos sostienen políticas gubernamentales – insuficientes y pésimas- de educación sexual,
anticoncepción y paternidad responsable. Nuestros impuestos bancan un
sistema de adopciones, que resulta ser deficiente y lento. Nuestros impuestos sustentan un sistema judicial y penal que debería reducir a cero las
redes de trata y la reincidencia –al menos- de los violadores, no soltándolos
antes de tiempo y nunca sin un firme e incorruptible plan de seguimiento. Lo que hay que demandar y exigir es que se
amplíe esta estructura, lograr que funcione correctamente, y no subvencionar y
legitimar que falle: educar, hacer que esté en serio al alcance inmediato
de todo el mundo el preservativo, la píldora anticonceptiva (y no sólo una,
variedad, ya que no todas son inocuas para todas las mujeres) y la ginecóloga
que asesore paso a paso. Mejorar el sistema de adopción, desmantelar de verdad la
red de trata de personas y prostitución infantil, hacerle serias modificaciones
a las reglamentaciones de puesta en libertad violadores que han –o no- cumplido
su condena penal. Eso es lo que deberíamos reclamar como derecho básico para
las mujeres (y para los hombres), a eso deberían destinarse nuestros impuestos.
No a legalizar un parche insuficiente, estigmatizante y dañino.
Nora M. Zicovich Wilson
Algunas estadísticas:
http://www.mscperu.org/aborto/abortocast/abortos_porcentajepaises.htm
http://senda-arcoiris.info/vision/hechos-y-estadisticas-sobre-el-aborto/